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Claver-Carone al BID, reflejo de la política en América Latina

EPA

Por Luis Urbina Barros – Mauricio Claver-Carone fue posesionado como nuevo presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) por los próximos cinco años. La nominación y eventual elección del doctor en jurisprudencia avivó discusiones sobre temas sustanciales propicios para el entorno político de la región y otros anticuadamente inanes.


Claver-Carone en la presidencia del BID significa el fin de la tradición de que el cargo
sea ocupado por un latinoamericano, hecho que países opositores a su nominación
calificaron como una “agresión a la dignidad del continente”. Este argumento es
totalmente carente de sustancia y diluyó el impacto de aquellos que de verdad
necesitaban ser expresados con más énfasis. Si bien es cierto que la nacionalidad del
presidente del banco siempre ha sido latinoamericana hasta ahora, muchos han tenido ascendencia directa anglosajona y caucásica o lazos muy fuertes con potencias
extranjeras al continente. Como región, defender esta tradición netamente simbólica
en vez de buscar reformas sustanciales es un lujo que no nos podemos dar. La
nacionalidad del candidato nunca debió ser un requisito ni siquiera tácito, su presencia en la discusión quitó espacio para evaluar las posiciones ideológicas y conexiones políticas del candidato.

En este aspecto Claver-Carone tiene un asterisco, es conocido por promover
sanciones severas hacia Cuba y Venezuela desde su cargo en el Consejo de Seguridad
Nacional estadounidense y por su rol como uno de los asesores económicos
principales a Donald Trump en asuntos de América del Sur. Su perfil trae fuertes
matices ideológicos, grave preocupación para cualquier ente multilateral. Ante esta
intranquilidad, el nuevo presidente del banco declaró que no tomará posturas
partidistas al presidir la entidad. Esta ‘promesa’ es nuestra única garantía para que el BID no caiga en la extrema polarización política que ha sido la causa primordial de la
situación económica deplorable que afecta al continente.


La forma en la que llegó al cargo Claver-Carone también realzó preocupaciones que
no se discutieron lo suficiente. Ante la presión de Trump, lo único remotamente
parecido a oposición vino de Argentina, una administración izquierdista que utilizó la
nacionalidad del candidato como argumento principal para impedir su nominación,
ocultando su verdadera intención de rechazar al candidato debido a sus posiciones
antisocialistas y afinidad con Trump. Argentina postuló a su candidato alterno en una
manera desesperada y trató de impedir el quórum necesario para la votación general.
Ambos intentos fútiles que se extinguieron por falta de apoyo y preparación.
Del lado de apoyo hacia la nominación de Claver-Carone, fue muy predecible qué
países darían respaldo: Brasil, Paraguay, Colombia y Ecuador no demoraron en apoyar
públicamente al candidato. Los gobiernos de estos países mantienen una ideología
más inclinada hacia la derecha, por más mínima que sea dicha inclinación y una
buena relación bilateral con el presidente de EE. UU como común denominador.

Todo este proceso encapsuló una vez más la situación política del continente,
especialmente durante los últimos cuatro años: gobiernos anticuadamente arraigados
en ideologías polarizadas inflexibles, incapaces de unir esfuerzos para evitar ceder ante la presión de Estados Unidos.


Hubo puntos fuertes que, aunque opacados entre enemistades ideológicas y
tradiciones simbólicas, alumbraron quizás un camino hacia el mejoramiento del
multilateralismo financiero del continente. Uno de ellos fue que ante la imposibilidad
de coordinar apoyo hacia un candidato regional que se oponga al inducido por
Trump, se discute nuevamente la influencia de EE. UU. en el BID, que cuenta con el
30% poder de voto frente al 50% del resto de Latinoamérica. Si uno de los planes
principales de la presidencia de Claver-Carone es diluir la influencia económica de
China en el continente, el plan del continente debería ser aumentar su poder de voto
en el BID y fomentar la cooperación y las vías de financiamiento internacional
extremadamente escasa.


El que la impopular administración de Estados Unidos, a solo un par de meses del
término de su período, deje posicionado al nuevo presidente del banco para los
siguientes años, dio un impulso más para que se revalúe las posibilidades de
financiamiento alternas al FMI y al BID en América Latina.


De este impulso surgió un actor prometedor: Costa Rica y su presidente Carlos
Alvarado. Costa Rica no solo se opuso a la asignación de Claver-Carone al BID al
lanzar su propio candidato en busca de una alternativa, sino que desde allí ha realizado propuestas concretas de financiamiento global para América Latina. Alvarado, sin caer en trampas ideológicas, evidenciado por su variado e inclusivo gabinete y por sus iniciativas para mantener buenas relaciones pragmáticas con EE.UU. y China al mismo tiempo, propuso en la Asamblea General de las Naciones Unidas la creación de un Fondo para Aliviar la Economía COVID-19 (FACE), que consiste en un apoyo extraordinario de medio trillón de dólares, financiado con el 0,7% del Producto Interno Bruto de las economías más grandes para la protección de las economías medias y emergentes. La intervención de Alvarado en la ONU fue unificadora, acertada y persuasiva, y sirvió como un paso en la dirección correcta que una región sin liderazgo no había sido capaz de dar hasta ahora. La reciente posesión de Alvarado como presidente de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) da esperanza que no será el último paso que se tomará en esta dirección.

La asociación estudiantil LATAM AID de la Università Bocconi en Milán, fue establecida con la intención de estimular el pensamiento y la discusión económica, política y social, para poder afrontar y desarrollar soluciones para los problemas en Latinoamérica. A través de la publicación de artículos, la organización de debates y presentaciones, sus miembros han ido trabajando para cumplir dichos objetivos.