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¿Qué es la Conciencia? Varios científicos se disputan la respuesta

Un nuevo tipo de experimento podría aproximarnos a la comprensión de la Conciencia Humana, o ir más allá e incrementarla

John MacDougall / AFP Getty Images

En el mundo de la ciencia, hay mucho por lo que entusiasmarse ahora mismo. Sin embargo, resultan particularmente intrigantes, una serie de experimentos que buscan incrementar nuestra comprensión de la Conciencia Humana.

El objetivo de esta investigación es entender qué es exactamente la “conciencia” y cómo funciona. ¿Qué animales la tienen? ¿Por qué las personas la pierden a veces? ¿Podría la inteligencia artificial hacer que nuestras máquinas sean conscientes de sí mismas?

Pero también me refiero a la concienciación en un meta-sentido. La forma en que se realizan estos estudios podría indicarnos un mejor enfoque para investigar en la ciencia y en otros campos. Y, en este mundo de aparente posverdad, incluso sugiere una forma de resolver algunos de nuestros otros conflictos con integridad intelectual.

El método se llama colaboración adversaria. Tanto en la ciencia como en la vida, la gente suele tener muchas teorías sobre las cosas. Lógicamente, no pueden ser todas ciertas al mismo tiempo. Y, sin embargo, muchas teorías viven indefinidamente en la seguridad de sus silos intelectuales. Así que la solución es invitar a los defensores de las narrativas en conflicto a identificar algún punto de contradicción que pueda ser probado. Eso nos permitiría falsificar las teorías erróneas, lo cual es una buena definición de progreso.

Esta noción no es totalmente nueva. En 1919, Arthur Eddington, un astrónomo británico, utilizó un eclipse solar para poner a prueba dos teorías contradictorias: la de Isaac Newton sobre la gravedad y la de Albert Einstein sobre la relatividad general. (Ganó la de Einstein). Sin embargo, no ha habido ninguna investigación a gran escala de este tipo con la participación de científicos en desacuerdo.

La Templeton World Charity Foundation quiere cambiar eso. La organización sin ánimo de lucro financia la investigación de algunas de las cuestiones más importantes de la humanidad, especialmente las que se encuentran en la intersección de la ciencia y la espiritualidad. Aquello incluye la conciencia.

El ser humano siempre ha permanecido fascinado y perplejo ante este concepto. El filósofo francés René Descartes lo expresó como “cogito, ergo sum”: pienso, luego existo

¿Por qué los humanos suelen tener conciencia? ¿Qué ocurre cuando la perdemos, como en un coma o en un sueño sin sueños, durante las convulsiones o la anestesia? ¿Por qué una lesión en el cerebelo, que tiene 69 de los 86.000 millones de neuronas de nuestro cerebro, no provoca una pérdida de conciencia, mientras que un daño en otros miembros sí?

Estas preguntas también tienen un significado moral. ¿Tienen conciencia los recién nacidos? ¿Y los prematuros? ¿Los fetos? Es casi seguro que los simios y otros primates la tienen, pero ¿y los pulpos? ¿Las abejas? ¿Las moscas de la fruta? Y lo más preocupante, ¿llegarán a ser conscientes algún día nuestras máquinas y algoritmos, que ya derrotan a los humanos en el ajedrez y que pronto podrían ser mejores conduciendo nuestros coches?

Dawid Potgieter, el sudafricano que dirige el proyecto Templeton, dijo que su equipo identificó una docena de teorías plausibles en torno a la conciencia. Luego las emparejaron de forma que los experimentos pudieran refutar una de cada pareja. Al final, quiere realizar unas cinco o seis confrontaciones.

El primero ya está en marcha, con seis laboratorios, repartidos entre Estados Unidos, Europa y China, que escanean y conectan a los participantes, y todos duplican el trabajo de los demás para eliminar los sesgos. Estos experimentos enfrentan la llamada “teoría del espacio de trabajo global” (O GWT, Global Workspace Theory), defendida por Stanislas Dehaene en el Colegio de Francia en París, con la “teoría de la información integrada” (O IIT, Integrated Theory Information), defendida por Giulio Tononi en la Universidad de Wisconsin en Madison.

Ambas teorías son tan complejas que, sinceramente, yo no logré entenderlas. Así que le pedimos a Lucia Melloni, del Instituto Max Planck de Frankfurt, que las explique con algunos atajos mentales. Ella es la organizadora (neutral e independiente) de esta colaboración adversa.

Para entender la GWT de Dehaene, me dijo, imagina tu sistema nervioso como un enorme teatro. Al principio, todas las neuronas están sentadas en la oscuridad, susurrando y dándose empujoncitos -es decir, emitiendo e intercambiando información-, pero todavía no son conscientes de nada. Pero entonces alguien, el “espacio de trabajo”, sube al escenario. Todas las luces brillan ahora sobre esta entidad, y tiene la atención de todas las neuronas del público. Este espacio de trabajo transmite un mensaje que excluye el resto de la charla. Lo que llamamos conciencia es simplemente lo que se siente al percibir esta emisión.

En cambio, en la IIT, la conciencia no es un mensaje sino una estructura causal, y muy compleja. En la metáfora que Tononi eligió para explicarnos, la conciencia se apoya en una retícula de neuronas que, como un mapa bidimensional de la Ciudad de México, sostiene la ciudad tridimensional que surge de él. Pero todas las neuronas de la estructura deben estar integradas para darnos la experiencia de percibir esta ciudad -donde empieza y termina, etc.-, por lo que todas deben ser capaces de provocar efectos en las demás

Así pues, las teorías parten de marcos completamente diferentes. Pero, como coincidieron Dehaene y Tononi, hacen ciertas predicciones que entran en conflicto entre sí. Una de ellas es que en la GWT la corteza prefrontal debería mostrar la mayor actividad, mientras que en la IIT es la parte posterior del cerebro la que debería iluminarse en los mismos experimentos. Así que uno u otro debe estar equivocado.

Hace falta mucho valor e integridad para presentarse a un concurso de este tipo. A nadie le gusta descubrir que su carrera investigadora ha sido en vano. Sin embargo, lo único peor es seguir equivocado aún más tiempo. Por eso, la colaboración adversaria es una forma estupenda de centrar la mente.

También es – cómo decirlo – hermosa. Melloni nos describió lo inspirador que resultaba ver a ambos equipos intentando comprender a fondo la teoría contraria para identificar los puntos de coincidencia. “Hay que ser totalmente sincero con lo que dice el otro”, me dijo. “No puedes quedarte en tu propia burbuja. Hay que escuchar con mucha atención”. Y hay que querer, y eventualmente someterse, a la verdad. Parece un ejercicio que merece la pena hacer en cualquier ámbito de la vida, incluso en la política.