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“Mamá, no estoy aprendiendo nada”: Latinoamérica enfrenta una crisis educativa mientras atraviesa la pandemia

Expertos llevan tiempo advirtiéndolo: mientras las economías se tambaleen, millones de niños y jóvenes se quedarán fuera de las aulas. Hoy en día las cifras lo han confirmado; los estudiantes latinoamericanos están abandonando las escuelas en cifras alarmantes.

Maicol, afuera de la casa familiar | AP

Colombia — Dos de los hijos de Gloria Vásquez ya habían abandonado la escuela durante la pandemia, incluida su hija de 8 años, Ximena, que se había quedado tan rezagada que tenía problemas con la aritmética más básica.

“¿Uno más uno?”, preguntó Vásquez a su hija una tarde.

“¿Cuatro?”, aventuró la niña.

Ahora, Vásquez, una madre soltera de 33 años y ama de llaves de un motel que no pasó de quinto grado, se decía a sí misma que no podía dejar que su tercer hijo dejara la escuela.

“¿Dónde está Maicol?”, preguntó a sus hijos, al llamar a casa una noche durante otro largo turno fregando pisos. “¿Está estudiando?”.

Maicol, de 13 años, ciertamente no estaba estudiando. Frustrado por las hojas de tareas que sus profesores le enviaban por mensaje de texto —lo más parecido a la enseñanza que su escuela había podido darle en más de un año—, Maicol había acompañado a su tío al trabajo. Juntos arrastraban una carretilla gigantesca por las calles, rebuscando entre la basura, recogiendo botellas y latas para venderlas por unos centavos el kilo.

“No estoy aprendiendo nada”, dijo, mientras su madre lo volvía a regañar por ir a trabajar en vez de estudiar.

Ya avanzado el segundo año de la pandemia, América Latina enfrenta a una crisis educativa. Ha sufrido el cierre de escuelas más largo de cualquier región del mundo, según Unicef, casi 16 meses en algunas zonas. Mientras que muchos estudiantes de los países más prósperos han regresado a las aulas, 100 millones de niños de América Latina siguen estudiando total o parcialmente a distancia, o, como en el caso de Maicol, en una aproximación lejana a eso.

Los funcionarios y expertos en educación dicen que las consecuencias son alarmantes: con las economías de la región afectadas por la pandemia y las conexiones con las aulas tan desgastadas, los niños de primaria y secundaria están abandonando la escuela en gran número, a veces para trabajar donde puedan.

Según estimaciones del Banco Mundial, es posible que millones de niños en América Latina ya hayan abandonado el sistema escolar. En México, 1,8 millones de niños y jóvenes no retomaron sus estudios este año, lo que equivale a cerca del cinco por ciento de la población en edad escolar, según el Instituto Nacional de Estadística y Geografía del país.

Se calcula que Ecuador perdió 90.000 alumnos de primaria y secundaria. Perú dice que ahora hay 170.000 menos. Y a las autoridades les preocupa que las pérdidas reales sean mucho mayores porque innumerables niños, como Maicol, siguen técnicamente matriculados, pero tienen dificultades para continuar sus estudios. Más de cinco millones de niños en Brasil no han tenido acceso a la educación durante la pandemia, un nivel no visto en más de 20 años, dice Unicef.

El aumento del acceso a la educación ha sido uno de los grandes logros del último medio siglo en América Latina, con un incremento de la matriculación de niñas, estudiantes pobres y miembros de las minorías étnicas y raciales, que llevó a muchos a la clase media. Ahora, una avalancha de abandonos escolares amenaza con hacer retroceder años de progreso duramente conseguido, agudizando la desigualdad y posiblemente configurando a la región para las próximas décadas.

“Esto es una crisis generacional”, dijo Emanuela Di Gropello, del Banco Mundial, e instó a los gobiernos a reincorporar a los niños a las aulas lo antes posible. “No hay tiempo que perder”.

La pandemia ha cobrado un precio insoportable en todo el mundo. Pero, según algunas mediciones, América Latina se ha visto más afectada —y durante más tiempo— que cualquier otra parte del mundo.

La región, con menos del diez por ciento de la población mundial, representa casi un tercio del total de muertes registradas por covid, según un análisis de The New York Times. Y con las tasas de vacunación todavía bajas en muchos países —en parte porque las naciones ricas reservaron primero las vacunas para sus propios ciudadanos— el virus sigue devastando la región.

Desde el comienzo de la pandemia, América Latina ha soportado algunos de los peores brotes del mundo, pero varias naciones sudamericanas experimentan ahora el mayor número de muertes diarias de la crisis, incluso después de más de un año de incesantes pérdidas. Para algunos gobiernos, hay pocas probabilidades de que esa situación finalice pronto.

Pero a menos que los confinamientos terminen y los estudiantes vuelvan pronto a las aulas, “muchos niños nunca regresarán”, advierte el Banco Mundial. “Incluso aquellos que regresen habrán perdido meses o incluso años de educación”. Algunos analistas temen que la región pueda registrar a una generación de niños perdidos, no muy diferente a los lugares que sufren años de guerra.

Incluso antes de la pandemia, graduarse de la secundaria en el barrio de Vásquez no era poca cosa.

Ella y sus hijos viven al final de un largo camino de tierra, un poco después de Bogotá, la extensa capital colombiana flanqueada por montañas, una ciudad profundamente desigual ubicada en una de las regiones más desiguales del mundo. La violencia y la delincuencia son tan comunes aquí como el carrito de helados que da la vuelta a la manzana cada tarde. Y, para algunos niños, la pandemia ha sido un trauma más en una sucesión aparentemente interminable.

Muchos padres del barrio se ganan la vida como recicladores, recorriendo la ciudad con carretillas de madera enganchadas a la espalda. Y muchos de sus hijos no tienen computadoras, ni internet, ni familiares que puedan ayudarlos con los trabajos de clase. A menudo hay un solo celular para la familia, lo que hace que los estudiantes tengan que luchar para poder conectarse a la escuela.

Vásquez dejó la escuela a los 14 años para ayudar a criar a sus hermanos, y ese ha sido su mayor arrepentimiento. El motel que limpia está lejos de su casa, lo que a veces la obliga a dejar a sus hijos durante más de un día: su turno dura 24 horas, con al menos cuatro horas para ir y regresar. A pesar de esto, rara vez gana el salario mínimo mensual del país.

Tenía la esperanza de que sus hijos —Ximena, de 8 años, Emanuel, de 12, Maicol, de 13, y Karen, de 15—, a los que define como “el motor de mi vida”, salieran de este barrio, si tan solo pudieran superar la interminable pandemia con sus estudios intactos.

“Yo siempre he dicho que nos ha tocado una vida muy dura”, pero “tienen muchas ganas de aprender”, dijo.

Antes de la llegada del virus, sus hijos asistían a escuelas públicas cercanas, con los coloridos uniformes típicos de los alumnos colombianos. Karen quería ser médica. Maicol, artista. Emanuel, policía. Y Ximena aún se estaba decidiendo.

A fines de mayo, los dos chicos seguían oficialmente matriculados en la escuela, pero apenas se mantenían al día, intentando rellenar las hojas de trabajo que sus profesores les enviaban por WhatsApp cada semana. No tienen computadora, y a Vásquez le cuesta 15 centavos por página imprimir las tareas, algunas de las cuales tienen decenas de hojas. A veces, tiene el dinero, pero otras veces no.

Las dos chicas habían abandonado los estudios por completo. Ximena perdió su cupo en la escuela hace un año, justo antes de la pandemia, porque había faltado a clases, algo no tan raro en las sobrecargadas escuelas de Colombia. Entonces, con los administradores trabajando desde casa, Vásquez dijo que no podía averiguar lo que debía hacer para que su hija volviera a matricularse.

Karen dijo que había perdido el contacto con sus profesores cuando el país entró en confinamiento en marzo de 2020. Ahora, ella quería regresar, pero su familia había roto accidentalmente una tableta que le había prestado la escuela. Tenía miedo de que, si intentaba volver a matricularse, le pusieran una multa que su madre no tenía dinero para pagar.

La familia ya se tambaleaba porque el horario de Vásquez en el motel se había reducido durante la crisis. Ahora llevaban cuatro meses de retraso en el pago del alquiler.

Vásquez estaba especialmente preocupada por Maicol, quien se esforzaba por entender las hojas de trabajo sobre tablas periódicas y recursos literarios pero cada día era más frustrante que el anterior.

Últimamente, cuando no reciclaba, iba a buscar chatarra para vender. Para él, las salidas nocturnas con su tío eran un respiro, como la aventura de un pirata: conocer gente nueva, buscar tesoros… juguetes, zapatos, comida, dinero.

Pero Vásquez, que había prohibido estas salidas, se indignó cuando supo que estaba trabajando. Temía que cuanto más tiempo pasara Maicol con el carro de reciclaje, más pequeño sería su mundo.

Ella respeta a la gente que se gana la vida recogiendo basura. Había hecho ese trabajo cuando estaba embarazada de Emanuel. Pero no quería que Maicol se conformara con esa vida. Durante sus turnos en el motel, limpiando los baños, imaginaba a sus hijos en el futuro, sentados detrás de computadoras, administrando negocios.

“Venga”, diría la gente, “ellos son los hijos de Gloria”, dijo. “Ellos no tienen que llevar el mismo destino que la mamá”.

Durante el último año, las clases solo comenzaban en serio cuando ella llegaba a casa después de trabajar. Una tarde, sacó una guía de estudio de la profesora de Emanuel y empezó a dictar un ejercicio de ortografía y gramática.

“Había una vez”, leyó.

“Había una vez”, escribió Emanuel, de 12 años.

“Un pato blanco con gris”, seguía el ejercicio.

“¿Gris?”, preguntó el niño.

Cuando llegaba la hora de las lecciones más avanzadas de Maicol, Vásquez a menudo se perdía. Todavía no sabía usar el correo electrónico, y mucho menos calcular el área de un cuadrado o enseñarle a su hijo sobre las rotaciones planetarias.

“Trato de ayudarles en lo que yo entiendo”, dijo. “Pero no es suficiente”.

Últimamente, se preguntaba cómo se las arreglarían sus hijos para ponerse al día cuando volvieran a clases, si es que volvían.

Los expertos advierten que no se conocerá el costo educativo total de la pandemia hasta que los gobiernos hagan que los niños regresen a las escuelas. Di Gropello, del Banco Mundial, dijo que temía que muchos niños, especialmente los más pobres que no tienen computadoras ni conexión a internet, abandonaran sus estudios cuando se dieran cuenta de lo atrasados que estaban.

A mediados de junio, el Ministerio de Educación de Colombia anunció que todas las escuelas volverían a impartir cursos presenciales tras las vacaciones de julio. A pesar de que el país experimenta un número récord de muertes diarias por el virus, los funcionarios determinaron que el costo de que siguieran cerradas es demasiado grande.

Pero mientras los directores de las escuelas se apresuraban para preparar el regreso a clases, algunos se preguntan cuántos alumnos y los profesores de verdad se presentarán.

En Carlos Albán Holguín, una de las escuelas del barrio de Vásquez, el director dijo que algunos maestros tenían tanto miedo a los contagios que se habían negado a ir a la escuela para recoger las tareas terminadas que sus alumnos habían dejado.

Una mañana reciente, Karen se levantó antes del amanecer, como suele hacer, para ayudar a su madre a prepararse para su turno en el motel. Desde que dejó la escuela el año pasado, Karen había asumido cada vez más el papel de madre, al cocinar y limpiar para la familia, y al intentar proteger a sus hermanos mientras su madre estaba en el trabajo.

En un momento dado, la responsabilidad llegó a ser tan grande que Karen se escapó. Su huida solo duró unas horas, hasta que Vásquez la encontró.

“Yo le dije a mi mamá que tenía que apoyarme más”, dijo Karen. “Que no me fuera a dejar sola, que yo era una adolescente y que necesitaba mucho apoyo de ella”.

En el dormitorio que comparten, mientras Vásquez se maquillaba, Karen preparó la mochila azul de su madre, metiendo unas Crocs rosas, una riñonera, unos auriculares y una muda de ropa.

En la televisión, los noticieros hablaban de las protestas que habían sacudido el país, con manifestantes furiosos por la creciente pobreza y desigualdad. Decenas de personas habían muerto.

Vásquez también había salido a marchar un día, haciendo sonar una bocina de plástico entre la multitud y pidiendo a las autoridades que garantizaran una “educación digna”.

Pero no había vuelto a las calles. Si le ocurría algo en las marchas, ¿quién mantendría a sus hijos?

“¿Te hago trenzas?”, le preguntó Karen a su madre.

En la puerta, se despidió de Vásquez con un beso.

Luego, tras meses de penurias, llegó una victoria.

Vásquez recibió mensajes de los profesores de Maicol y Emanuel: ambas escuelas reanudarían sus actividades presenciales en pocas semanas. Y finalmente encontró un cupo para Ximena, quien llevaba más de un año sin ir a la escuela.

“Un nuevo comienzo”, lo llamó Vásquez, aturdida de la emoción.

El futuro de Karen era más incierto. Se había armado de valor para entregar la tableta rota. Los administradores no le impusieron ninguna multa, y había solicitado la inscripción en una nueva escuela.

Ahora estaba esperando a que le dijeran si había cupo para ella, tratando de alejar la preocupación de que su educación había terminado.

“Me han dicho que el estudio es todo, y sin estudio no hay nada”, dijo. “Y pues, es la verdad, con mis propios ojos lo he vivido”.