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Eugenio López Alonso: el coleccionista con una perspectiva internacional de lo local

El artífice del Museo Jumex de la Ciudad de México ha liderado la transformación del panorama artístico de la capital

Cuando descendí por el camino de entrada de un edificio modernista de baja altura situado en una de las zonas más exclusivas de la Ciudad de México, la monumentalidad caricaturesca de “Bad Timing, ¡Lamb Chop!”, de Urs Fischer, una escultura de aluminio en la que un paquete de cigarrillos medio vacío se funde con una silla de madera, me detuvo en seco. Dentro de la casa hay más obras que llaman la atención: a la derecha de la entrada principal cuelga “Forja”, de Robert Rauschenberg, una pieza combinada de dos metros de altura que une metal, papel, un calcetín y una corbata, mientras que en el entresuelo se alza el emblemático “Cuadrado de aleación de aluminio y plomo”, de Carl Andre. Éstas son sólo algunas de las obras con las que convive Eugenio López Alonso.

López Alonso es el único heredero del Grupo Jumex, que fabrica la marca de jugos de frutas envasados favorita en México, y con esos recursos creó en 2001 la Fundación Jumex para promover la producción y la investigación del arte contemporáneo. La fundación gestiona a su vez la Colección Jumex, con más de 3.200 obras de arte, y el Museo Jumex, instituciones de arte esenciales en Ciudad de México. “Todo empezó”, dice mientras hablamos en su biblioteca, “cuando entré en Sotheby’s en 1994 queriendo comprar un cuadro respetable”. Puede que empezara modestamente, pero en muchos sentidos ha reconfigurado el panorama del arte contemporáneo en Ciudad de México.

De niño, dice López Alonso, era muy curioso, “hasta el punto de ser irritante”, sobre todo por la cultura y sus objetos, las cosas de las que se rodeaba la gente y las historias que las acompañaban: las superficies doradas rococó de Versalles, las viejas dinastías retratadas por Velázquez. Sus padres – “no eran gente de arte, les gustaban más las joyas”- le llevaron de gira por los grandes éxitos de Europa y fue allí donde sintió por primera vez el afán coleccionista. Irónicamente para un coleccionista que se distingue por su visión del arte contemporáneo, “me interesa más el pasado que el futuro. . . El pasado es lo que nos hace, el presente sólo lo vivimos”.

Se le reconoce por haber sido uno de los primeros defensores de la generación de artistas mexicanos de las décadas de 1990 y 2000 que, con su ayuda, han logrado visibilidad en mercados e instituciones internacionales. Y lo que es más importante, sus prácticas pueden leerse dentro de un contexto global, gracias en gran parte a la colección multicultural que ha reunido López Alonso, donde Olafur Eliasson se sienta junto a Abraham Cruzvillegas, Andy Warhol junto a Francis Alÿs. Estas correspondencias son evidentes en una de las muchas zonas de entretenimiento de López Alonso, donde una dorada estantería de píldoras de Damien Hirst y obras fotográficas de Paul McCarthy sirven de fondo a la “Mesa de billar ovalada” (1996) de Gabriel Orozco y a la “Carretilla I y IV” (1999) de Gabriel Kuri, dos carretillas llenas hasta los topes de palomitas de maíz y adornos navideños respectivamente.

Al ir a contracorriente de las colecciones mexicanas de la época -centradas sobre todo en el Modernismo, el muralismo y Frida Kahlo- y mediante su defensa de esta generación local de artistas, ha conseguido modificar el enfoque de las instituciones y los coleccionistas de México. (También ayudó que hubiera jóvenes artistas ávidos de una presencia más internacional y un lenguaje visual menos nacionalista). En su voz, la emoción por el éxito de los artistas que ha defendido sigue siendo infantil: “Nunca me lo esperé, que su valor se disparara así, me hizo sentir como uno de esos sabios coleccionistas y marchands d’art de épocas pasadas”.

Pero de lo que está más orgulloso es de su museo (de entrada libre) y, sobre todo, de que su arquitecto, David Chipperfield, recibiera en mayo de este año el premio Pritzker, el más prestigioso de su profesión. Para López Alonso, esto era una garantía de que su legado iba por buen camino, de que estaba dotando al pueblo de México de algo que merecía la pena. Se empeñó en que un arquitecto extranjero diseñara la sede de su institución cuando ésta se trasladó de las afueras de la ciudad al centro hace 20 años: “¿Por qué España y Estados Unidos tienen edificios tan bonitos diseñados por arquitectos de renombre internacional y México no? Yo también quería eso para nosotros”.

Al igual que su colección, López Alonso encarna esta postura contradictoria pero pragmática, de una perspectiva internacional que se centra en el crecimiento y el desarrollo de lo local. La Fundación Jumex es conocida por sus amplios programas de becas para estudiantes de arte mexicanos que desean estudiar en el extranjero, por la producción e investigación de exposiciones y por los proyectos editoriales basados en ellas. Esto hace que la fundación siga siendo, como a él le gusta decir, “significativa, para las generaciones venideras”.

Parte de su mantenimiento al día es, obviamente, una relación con las ferias de arte, que él valora. “Aportan riqueza y oportunidades a una ciudad, y lo que es más importante, mantienen en marcha el mundo del arte: la gente se va de fiesta allí, derrocha, pero las ferias de arte también cultivan nuevos coleccionistas y nuevos públicos, elementos esenciales de un mundo del arte sano”.

Pero cuando se trata del mercado, aborrece la especulación y confía en su gusto. “Cuando la gente empieza a decirte lo genial que eres, el gran ojo que tienes y lo cara que es tu colección, empiezas a comprar [según] tu ego. Eso es una tontería… la especulación destruye carreras, lo vi en los años 80…”. . . Al final todo vuelve a su sitio”.

https://www.fundacionjumex.org/es