La relación perfecta no existe porque nosotros tampoco lo somos. El amor es un compromiso.

En una sociedad en la que creamos aplicaciones para solucionar la adicción a los smartphones, no debería sorprendernos descubrir que el remedio para el dolor es refugiarse en el individualismo para protegerse al máximo del sufrimiento.

Las columnas de consejos amorosos y los foros web se han convertido en oráculos para desenredar las relaciones, mientras que el análisis y el estudio del estilo relacional propio y ajeno han adquirido el valor de fórmulas mágicas capaces de desbloquear el inconsciente y así poder elegir a quién amar con mayor conciencia y serenidad.

Esto no está mal, pero en mi opinión adquiere rasgos inquietantes cuando se convierte en una herramienta para improvisar el psicoanálisis y evaluar cada relación con una lista de pros y contras, que hay que sopesar hasta la extenuación, bajo la gravedad de la fatídica pregunta: ¿es mejor escuchar a la razón o al sentimiento?

Hoy en día, una relación se presenta como un compromiso válido siempre y cuando las exigencias de uno de los miembros de la pareja no socaven la libertad, las necesidades y el espacio del otro, una dinámica de poder que pone de manifiesto la ambivalencia del sentimiento amoroso y, en consecuencia, la posibilidad de herir y ser herido incluso sin querer.

Al mismo tiempo, nuestra relación con el amor parece haberse reducido a una elección entre nosotros mismos y el otro, a una lucha continua por ajustar u ocultar partes de nosotros mismos al otro en un intento de adherirse al alma gemela ideal o a la relación perfecta.

Según el sociólogo Georg Simmel, el objetivo del amor moderno es ser correspondido. En su póstumo Fragmento sobre el amor, publicado en 2011, el académico analizó cómo la moderna intensificación de la vida nerviosa ha producido precisamente un intelectualismo de la conciencia, es decir, una actitud por la que el aumento de la actividad psíquica ha decretado la preeminencia del razonamiento racional sobre la emocionalidad, las intuiciones y los deseos.

Podría decirse que nunca antes habíamos sido conscientes y capaces de controlar nuestras emociones y pulsiones. Esta actitud se traslada también a las relaciones cotidianas, que se analizan así desde la perspectiva de la elección racional de lo que él llama Homo oeconomicus, la perspectiva de coste/beneficio que rige todas nuestras decisiones. En este sentido, la realidad emocional de cada uno de nosotros es despojada de su vitalidad y de su capacidad de equivocarse, sustituyéndola por el desapego y la indiferencia. Y, en efecto, palabras como “ghosting”, “zombieing” y “orbiting” están ahora a la orden del día y quizás cada uno de nosotros tenga algo que decir al respecto.

Para Simmel, el hombre moderno se debate entre el deseo de fundirse con el otro y la angustia de perder su propia individualidad, encontrándose así viviendo este paradójico y trágico desencuentro en su interior. Sin embargo, este ansia obsesiva de control y protección emocional que tantos registramos hoy en día no es algo nuevo. Ya en el siglo XIX, el padre de la teoría evolutiva Charles Darwin, en el umbral de la treintena, se enfrentó a la difícil decisión de casarse o no. Así, elaboró una lista de pros y contras: el matrimonio aliviaría la soledad de la vejez y le garantizaría alguien que se ocupara de él; por otro lado, una esposa y unos hijos representaban, en su opinión, no sólo una pérdida de tiempo, sino también numerosos problemas y limitaciones. Darwin formaba parte de esa burguesía naciente de la sociedad industrial que estaba consolidando definitivamente el proceso de secularización iniciado con el advenimiento de la Ilustración y, por tanto, ya razonaba en nuestros términos individualistas. Sucede, pues, que la idea de que el amor debe enriquecernos y traernos “sólo” felicidad choca violentamente con la realidad de nuestra precaria condición, empujándonos a racionalizar todo contacto en la ansiedad por evitar el sufrimiento, en una perspectiva que tiende a considerar al otro sólo en relación con su utilidad.

El amor siempre ha sido un hecho social, y como afirma el padre de la antropología moderna Claude Lévi-Strauss, el matrimonio, entendido como complejo simbólico de intercambio, es una constante de la humanidad y la base de toda estructura social. La moral católica idealizó el amor en una promesa de felicidad eterna que tomó la forma del matrimonio, una institución normativa que, para ser justos, resultó ser una forma de control social. La progresiva desaparición de lo sagrado y de la moral religiosa ha permitido en nuestro país formas de emancipación del amor de la coacción social, que hace menos de cien años habrían sido impensables de imaginar, como el divorcio, el matrimonio entre grupos étnicos diferentes, entre personas del mismo sexo o incluso simplemente entre individuos pertenecientes a clases sociales diferentes.

El amor se ha convertido así en un derecho y un hecho personal, con todos sus pros y sus contras. En efecto, la libertad implica responsabilidad y la falta de normas compartidas en materia de relaciones -como en otros aspectos de nuestra vida- ha hecho que el amor sea efectivamente una elección, aumentando así su valor, pero también su “volatilidad”. El descenso de los matrimonios y el aumento concomitante de los divorcios en las últimas décadas, en favor de las parejas de hecho y las uniones civiles, así como el cuestionamiento de la monogamia, son precisamente las consecuencias de esta progresiva liberalización de las formas de amor. Sin embargo, la propagación de la soledad, junto con la creciente conciencia del impacto de las relaciones tóxicas, parece atestiguar que estamos atravesando una crisis de las relaciones afectivas.

Si bien los aspectos neuróticos de nuestra personalidad dificultan la empatía, hay que tener en cuenta, sin embargo, el poder de las sensaciones evocadas por nuestro cuerpo y, por tanto, por la pasión, que en su etimología del griego πάθος, pàthos, y en su significado original significa sufrimiento y sobre todo pasividad. En efecto, nuestras acciones y nuestra voluntad no son siempre el resultado de un razonamiento minucioso; según Freud, la libido irracional subyacería de hecho a la acción humana. Nuestras pasiones estarían, pues, enraizadas en un mecanismo de deseo y necesidad espontáneos que experimentamos y que nos impulsa a actuar para ser colmados y no al revés. Exactamente un deseo incondicional de “sufrir”, absolutamente voluntario y que corresponde a un carrusel de felicidad y dolor fuera de nuestro control, que precisamente por esta característica se opone a toda lógica. Y es precisamente en esta dinámica de dependencia afectiva donde se inscriben todas esas relaciones tóxicas que, lúdicamente, vamos descubriendo una a una bajo la lupa del amor propio y el deseo de unas relaciones más sanas y justas entre nosotros.

Aunque la razón establece las condiciones para que la pasión no se convierta en abuso, también corre el riesgo de limitar su intensidad y, por tanto, su poder. Además, las redes sociales y las apps de citas nos engañan haciéndonos creer que encontrar a otra persona es realmente fácil, saltando de una relación a otra con facilidad y reduciendo la intensidad de cada relación, que así ya al principio parece pasajera. Paradójicamente, tenemos la posibilidad de comunicarnos y entrar en contacto con un mayor número de personas, engañándonos a nosotros mismos para amar aún más, pero no estamos dispuestos a hacerlo, con el resultado de que hoy tendría más sentido hablar de redes de contactos en lugar de relaciones.

El precio del individualismo contemporáneo parece ser, pues, la soledad, que podríamos definir trivialmente como la incapacidad del individuo para establecer relaciones íntimas y afectivas con los demás. Pero es precisamente a través de la relación con el otro que somos capaces de salir de nosotros mismos y anular parcialmente nuestra conciencia para luego reconocernos como iguales, aunque diferentes, precisamente gracias al enriquecimiento de la interacción. Una relación de comprensión y de intercambio que es tanto individual como colectiva, a través de la cual construimos nuestra historia personal y nos reconocemos en otro para dar sentido a nosotros mismos y a nuestra realidad; una interacción que requiere tiempo, compromiso y no siempre es cómoda o agradable.

Lo que quizás se le escapa a esta visión pragmática de las relaciones es precisamente por qué no podemos dar una respuesta inequívoca a la fatídica pregunta de por qué amamos. La intelectualización es, de hecho, un mecanismo de defensa que nos permite proteger nuestra emocionalidad, que nos engaña haciéndonos creer que podemos “entender” a la otra persona psicoanalizándola según nuestros esquemas mentales, mientras que la pasión -en tanto que “egoísta”, espontánea y en algunos casos incontrolable- vacía de sentido y significado la interacción, que queda así reducida a un simple medio de satisfacer una necesidad personal, un acto que es un fin en sí mismo. Un vínculo, en cambio, sólo puede generarse cuando se produce una comunicación real entre individuos, capaz de influir en nuestra percepción de la realidad y en la de los demás.

A la luz de estudios recientes, parece que todos sufrimos de filofobia, o sea, el miedo o la ansiedad de establecer relaciones duraderas basadas en emociones reales. En este caso, la ansiedad se genera en el mismo momento en que alguien intenta establecer una relación con nosotros. La reacción, en este caso, es precisamente un comportamiento de evitación, alejando y rehuyendo la cercanía, con lo que también se exacerba el sentimiento de soledad, que, en algunos casos, puede desembocar en depresión y ataques de pánico. Para escapar de esta nueva ansiedad, podríamos empezar a considerar las relaciones no sólo en función de nuestro propio bienestar, sino también del de los demás, dentro de los límites del sentido común, incluso cuando pueda parecer inconveniente, cultivando una sana curiosidad hacia el otro y también el riesgo de que la “relación perfecta” no sea la que se adapte perfectamente a nuestro ser.