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Las dinastías políticas mexicanas son un cáncer para nuestra democracia

Los apellidos en México dicen mucho. No es lo mismo llamarse “Hernández” que “De la Garza” y todos los mexicanos entienden intuitivamente las diferencias de contexto y clase que ello implica.

El peso del apellido no es exclusivo de México. Académicos de todas latitudes con frecuencia analizan apellidos para estudiar la persistencia de sus élites y desigualdades. Análisis de este tipo han sido utilizados para medir la tasa de movilidad social en Inglaterra, España e Italia, y la persistencia de las élites coloniales en Estados Unidos, Chile, Colombia, India y Sierra Leona.

En este texto analizamos el caso de México. No para medir la movilidad de nuestras élites económicas sino como un ejercicio preliminar para entender a nuestra clase política. E inferir cómo ha cambiado a través del tiempo.

Esto es importante porque Morena, que todo indica ganará las elecciones en 2024, se concibe a sí mismo como un partido que impulsa un cambio de la política elitista y dinástica, a la popular. Un efectivo representante del ciudadano común.

Para medir qué tan popular o dinástico es un partido se diseñó un “índice dinástico” que sugiere qué tan popular o dinástico es un político con base en los apellidos mexicanos. Se consideran apellidos “populares” aquellos que son comunes entre familias mexicanas o indígenas, por ejemplo, García, Pérez o Xicoténcatl. En cambio, se consideran como apellidos “dinásticos” aquellos que pertenecen a las familias empresariales más importantes de México, son extranjeros o escasos entre las familias mexicanas, por ejemplo, apellidos como Sada, Stephens o Servitje.

En total, se tomó como base la información para 11,672 apellidos mexicanos. Con esta información se midió el nivel dinástico de 11,943 legisladores que fungieron en 28 legislaturas de 1940 a la fecha. El índice dinástico toma valores de 0 a 100 puntos, siendo 0 lo más popular y 100 lo más dinástico (véase metodología y limitantes al final del artículo).

Con este índice, el diputado más popular o con menor “índice dinástico” es el legislador Sergio Hernández Hernández, un maestro normalista de Actopan militante del PRD. Contrario, el legislador más dinástico es Irma Chedrahui Obeso, hermana del dueño de uno de los supermercados más grandes de México y militante del PRI.

El giro popular

La clase política mexicana sufrió su popularización más importante de 1940 a 1979. En los años cuarenta la clase política mexicana era muy dinástica (55 puntos promedio), lo que se traducía en que solo el 33% de los legisladores venían de familias comunes. El resto de los legisladores provenían de familias de élite como los Sendies, Zincunegui o Garizurieta.

Conforme se consolidó el PRI y sus grupos corporativos a lo largo del Milagro mexicano, el Congreso tuvo cada vez mayor representación popular. Para la legislatura de 1970-1973, primera de Luis Echeverría, el Congreso mexicano llegó a su nivel más popular de la historia (47.3 puntos). Entonces, el 44% de los legisladores venían de familias populares. Personajes como el senador Agustín Ruiz Soto, un locutor de radio de Durango, o el diputado Raúl Mendoza Cortés, un profesor universitario de Oaxaca se encontraban entre los menos dinásticos, ambos militantes del PRI.

La popularización de la política de mediados del siglo pasado sucedió en gran medida por cambios dentro del PRI, el cuál pasó de tener legisladores llamados Bernardino Simoeen o Ezequiel Selley, a tener más llamados Agapito Hernández o Arnaldo Gutiérrez.

Algo que ayudó fue que el Partido Auténtico de la Revolución Mexicana (PARM) fungió como depositario de los perfiles más de élite de la Revolución Mexicana. El partido, fundado por generales revolucionarios convertidos en profesionales de la política, acogió a perfiles de élite como Laura Peraldi Ferriño, de Coahuila, o Juan Barragán Rodríguez, eventual gobernador de San Luis Potosí.

Así mismo, el Partido Popular Socialista que, para los sesenta contaba con entre 10 y 13 representantes fue una fuerza bastante popular. En la época, el 58% de sus legisladores provenían de familias comunes mexicanas, e incluso sus representantes más de élite, como Marcela Lombardo Otelo, era al final del día una hija de líder sindical y maestra de profesión.

El PAN, para entonces la segunda fuerza política más importante de México, también fue popularizándose, sobre todo si se le compara con respecto a finales de los años cuarenta. En el periodo 1949-1952 el PAN contaba con figuras de familias más de élite como Jaime Robles Martín del Campo, de Michoacán, o Gonzalo Chapela, quien en su momento compuso el himno del partido.

Así, los setenta fueron la época menos elitista del Congreso con tres periodos seguidos de una clase política bastante popular. Desde entonces el nivel de élite de la clase política mexicana volvió a elevarse y se mantuvo sin cambios importantes hasta la llegada de López Obrador (2018-2021), donde sí se percibió una clase política más popular de lo acostumbrado.

La gran divergencia

De los años ochenta a la fecha, el nivel dinástico se mantuvo más o menos sin cambio, pero fue con niveles divergentes más o menos constantes por partido (en gráfica solo se muestran partidos con 30 o más legisladores por periodo).

El PAN siempre ha tendido a ser un partido más dinástico que el PRI, y el PRI más que el PRD. Morena, heredero de la tradición de izquierda del PRD entra en escena en un momento en el que el PRD se había vuelto tan dinástico como el PAN. En sus inicios Morena era el partido más popular pero poco a poco se ha vuelto más dinástico, particularmente desde que López Obrador conquistó la presidencia.

El PRI, que hasta los setenta se había vuelto cada vez más popular, de los ochenta a la fecha se estabilizó en un nivel de elitismo medio, aunque con cierta tendencia creciente hacia lo dinástico desde la democratización electoral mexicana, con la victoria del PAN en la presidencia, en el año 2000.

Entre los partidos pequeños se observan diferencias importantes. Por un lado, el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) es por mucho el más dinástico. Destaca casi como un poderío familiar que ha logrado tener años de mucho éxito. Por el otro, el PT es un partido muy popular que se ha popularizado aún más en la última legislatura. Su alianza con Morena le dio un éxito que nunca había tenido en su historia, no solo haciéndolo figurar como una fuerza importante en el Congreso, sino convirtiéndolo en fechas recientes en el repositorio de las figuras más populares de la izquierda mexicana.

Habrá que observar qué pasa en la próxima elección, pero no descarto que Morena se vuelva todavía más de élite debido a la migración de políticos de carrera de otros partidos. De ser el caso, el bastión popular que fueron las izquierdas de los noventa a la fecha podrá desaparecer y con ello abrir espacios interesantes para futura competencia política.