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México es un país de música, en la playa, en las calles, en los bares y restaurantes

El auge del turismo ha multiplicado las bandas en la costa de Sinaloa y se ha desatado el debate entre la fiesta y la siesta

En plena Semana Santa y en un lugar tan turístico como Mazatlán, con varias playas en la costa sinaloense, ha surgido el enfrentamiento entre quienes tocan y disfrutan sobre la arena de la música local y quienes consideran que en algunos horarios las tamboras solo son ruido. Miembros de las bandas y sus seguidores se han manifestado para reivindicar el oficio típico que les presta sustento económico; quienes pasan sus días de descanso en algunos hoteles claman contra la falta de paz en la costa; y el alcalde ha mediado en el asunto tratando de determinar zonas y horarios así como de regular la actividad previa solicitud de permisos para tocar. Las bandas y los conjuntos norteños han ido tramitando sus papeles.

El asunto se enredó porque algunos hoteleros expusieron carteles en los que se prohibía contratar a esos grupos en sus condominios mientras el sindicato de los músicos mostraba su perplejidad dado que ya habían llegado a acuerdos con la administración local y los empresarios para trabajar de once de la mañana a siete de la tarde, en lugar de las 19 horas que podían pasar tocando antes. Hasta la una de la madrugada, dice algunos que se quejan del pertinaz sonido. El conflicto es peliagudo porque, según el alcalde, Edgar González, si los grupos no respetan el nuevo horario, tampoco sus agentes podrían hacer nada, porque las playas son federales.

“La música no mata ni contamina, contamina más un hotel”, dijeron en la marcha de protesta los intérpretes de estas canciones, propias de la cultura del norte mexicano, y solicitaron al presidente López Obrador su apoyo. Hubo algún momento tenso con la policía que se sofocó de inmediato, reportan los medios locales, y la sonora procesión siguió su curso a ritmo de tamboras, trombones y danzarines. El alcalde ha dicho que en ningún momento se utilizará la fuerza contra los músicos, a nadie se le escapa que viven de ello y más en tiempos de vacaciones, pero les instó a respetar los tiempos acordados.

De fondo, en la protesta se deja sentir el importe que pagan al sindicato y lo que tendrán que abonar ahora al Ayuntamiento por conseguir una acreditación formal. Una paradoja se abre paso: si los hoteles son los que contaminan, ¿para qué turistas tocarían si estos desaparecieran?

El turismo descontrolado, ese sí, todo lo pudre. Y al calor del “desmadre mexicano”, como lo califica Juan Antonio López, un citadino que visita con frecuencia Mazatlán, llegan miles de estadounidenses y de otras latitudes que han convertido las antiguas playas locales, familiares, en un grillerío: son los turistas, pues, quienes atraen al flautista de Hamelin.

El asunto tiene más de dos caras, si eso pudiera ocurrir en una sola moneda. Este turista citadino reconoce el desasosiego incesante entre el mar y la arena en algunas de las playas y observa cada año cómo se va llenando la costa de Mazatlán de edificios departamentales que se venden en dólares: los que una vez trasnocharon en la playa pueden estar ahora, con más edad, faltos de sueño. Y no solo en la playa, también en las calles de ocio colindantes, un fenómeno propio de los últimos tiempos, afirma, que cambió la tarde de música por un concierto incesante.

“Pero hay para todos”, templa López, “si se busca, uno puede encontrar tranquilidad”. Ahora bien, si alguien quiere siesta, quizá Mazatlán no es el lugar más apropiado: “Hay una banda aquí, otra a 100 metros y otra más allá, desde prácticamente las nueve o las 10 de la mañana, pero es que muchos de esos turistas lo que vienen buscando es precisamente eso, no la siesta, sino la fiesta”, asegura. “Las zonas con más bandas son playa Norte y playa Gaviotas”, a quien le moleste, recomienda, “se puede alejar un poquito”. Algunos igual le toman la palabra y se alejan hasta Puerto Escondido, varios Estados más allá.

México es un país de música. En la playa, en las calles, en los bares y restaurantes, cuando la gente come y cuando los empleados limpian el local de buena mañana, las bocinas están a tope. Es casi imposible protestar a un vecino que tiene sus altavoces a toda máquina a las cuatro de la madrugada de un día cualquiera. Quienes lo han intentado suelen chocar contra una Administración que embrolla más que responde. Así que, de tarde en tarde, la música y el descanso vecinal se enfrentan en un debate que no deja de hacer ruido: sonoro fue el choque entre Sandra Cuevas, la alcaldesa de la colonia Cuauhtémoc, en el centro de Ciudad de México, y los vecinos que acudían los fines de semana a la plaza del quiosco morisco para bailar sonideros.

También en las redes sociales se reproduce a veces la pelea. A una estadounidense se le ocurrió protestar por los pitidos de los peculiares organilleros que entraban por su ventana y los ataques a la “extranjera” fueron furibundos. Se le dijo que había roto “una de las reglas tácitas” de todo visitante, no criticar el país que le aloja, sobre todo, decían, tratándose de un asunto cultural, o sea, go home. Entre la cultura y los decibelios se desenvuelve este debate, que no solo afecta a extranjeros, también a los mexicanos. La Ciudad de México es una de las más ruidosas del mundo y aunque cuenta con amplia normativa para paliar la contaminación acústica, no se cumple. El nivel de decibeles que se soportan en algunas zonas durante horas está muy por encima del establecido por los organismos internacionales para una buena salud y descanso.

El turista López, cree que, en todo caso, no está de más regular un poco la música de Mazatlán, para no tener que escuchar el sonido del trombón y los acordes “repetitivos” todo un día de playa, y al otro día y al que viene. Explica que la polémica ha partido de un dueño hotelero, no cree que la queja sea, por ahora, algo generalizado, pero si son muchos los que están comprando departamentos en las zonas más ensordecedoras, el asunto tiene visos de enquistarse.

Los Ayuntamientos de localidades turísticas de todo el mundo luchan en estos tiempos por ordenar los miles, los millones de visitantes que recalan en sus costas y tratan de que la marea no acabe perjudicando a la gallina que un día pone sus huevos de oro en un lugar y al siguiente en otro. Las perlas del Pacífico pueden, un día, ser solo conchas sin ostión.