Querer no es poder. Es hora de dejar el lema que todo depende de nuestra voluntad

En un país en el cual la sensación de precariedad ha perdido su carácter transitorio y se ha convertido en la única certeza, sobre todo para los segmentos más jóvenes de la población, asistimos a la proliferación de coaches, motivadores y autodenominados gurús del “pensamiento positivo”, que quieren convencernos de que la realización y la satisfacción personal dependen únicamente de nuestra voluntad y tenacidad.

En definitiva, quieren convencernos de que “querer es poder” y de que todo lo que deseamos está a nuestro alcance: sólo hay que esforzarse. Se trata de una retórica peligrosa y engañosa, que nos impide reconocer nuestros límites y darnos cuenta de que sólo podemos controlar una pequeña parte de nuestras vidas. Tarde o temprano, todos tenemos que aceptar la imponderabilidad de los acontecimientos que cambian nuestros planes, obligándonos a hacer grandes sacrificios y dejándonos con una sensación de fracaso. Y cuando fracasamos, siempre hay alguien que nos invita a no machacarnos, a no bajar la cabeza hacia nuestros objetivos porque, si nos esforzamos, tarde o temprano lo conseguiremos.

Pero la realidad es muy distinta y la retórica de querer es poder a menudo sólo sirve para aumentar la percepción de fracaso y nuestra sensación de incapacidad.

Nuestra época está marcada por la necesidad de superar los límites que nos impone la naturaleza humana, siempre y en cualquier ámbito. Los avances de la ciencia y la revolución tecnológica hacen que cada vez sea más fácil hacer una serie de cosas que ahora damos por sentadas, pero que hace unos años habrían sido impensables para un ser humano. Estemos donde estemos en el mundo, podemos tener un contacto continuo con nuestros seres queridos, reduciendo la percepción de la distancia al mínimo. Tenemos acceso constante a millones de informaciones a través de nuestros smartphones, pero sobre todo podemos tener un espacio social donde compartir contenidos e ideas con miles de personas. En la red podemos ser cualquiera, llevar máscaras, aplicar filtros a cualquier foto, incluso crearnos una vida paralela sin ser descubiertos. Pero no es sólo lo digital lo que nos convence de que somos omnipotentes, porque la retórica de “querer es poder” también acecha en otros lugares.

Si estamos insatisfechos con nuestro aspecto, gracias a la cirugía estética podemos cambiar nuestros rasgos somáticos y “comprar” el rostro y el cuerpo que nos gustaría, y que por naturaleza no nos ha tocado.  Si nos enamoramos de alguien que no nos corresponde, el experto en seducción con miles de seguidores acude a nuestro rescate, dispuesto a sugerirnos ‘las diez reglas que harán que ella (o él) se enamore de nosotros inmediatamente’. También nos bombardean con mensajes y eslóganes que, explotando la retórica del self-made man, nos convencen de que nuestro futuro y nuestra realización personal dependen únicamente del esfuerzo que pongamos en estudiar, trabajar y construir una carrera brillante. Persuadidos por esta narrativa engañosa, olvidamos que todos tenemos que asumir la finitud de nuestras posibilidades y que la vida nos expone a cambios repentinos a diario. Además, esta retórica no parece tener en cuenta que las condiciones socioeconómicas, culturales y medioambientales en las que crecemos determinan gran parte de nuestro futuro y que, para relacionarnos pacíficamente con nuestro presente, debemos aceptar que no todos nacemos con las mismas posibilidades.

Paul Farmer, antropólogo y médico estadounidense fallecido hace unos meses, estudió el fenómeno de la “violencia estructural” -acuñado por el sociólogo noruego Johan Galtung- para explicar la teoría de las desigualdades sociales en el mismo contexto, refutando la retórica que nos tendría como únicos artífices de la construcción de nuestro futuro. Tras haber vivido y trabajado durante mucho tiempo en las zonas rurales de Haití, Farmer comprobó que la extrema opulencia y la abyecta pobreza coexisten a menudo dentro del mismo sistema político y económico. Según el antropólogo -que escribió sobre ello en sus ensayos Infecciones y desigualdades, publicado en 1999, y Patologías del poder, publicado en 2003-, esta condición se ha arraigado tanto que se ha convertido en una estructura del mundo: mientras que algunos contextos acogen las condiciones para una vida cómoda, al abrigo de la inseguridad, la violencia y las malas condiciones higiénicas, otros son receptáculo de la pobreza, la enfermedad y los peligros para la seguridad humana.

Según Farmer, la desigualdad de poder, riqueza y privilegios no se da de forma natural, sino que es el producto de siglos de lucha económica, política y social. Los que nacen en el atraso económico y cultural, y en la marginación social, tendrán que trabajar enormemente para alcanzar las condiciones mínimas de prosperidad, y sin embargo nunca podrán acceder a ciertos privilegios. Esto no tiene nada que ver con la voluntad y la tenacidad individuales, sino con las estructuras sociales establecidas que son difíciles de erradicar. Ciertos grupos de personas -entre los que Farmer menciona a las mujeres, los homosexuales y los miembros de ciertos grupos étnicos- están históricamente más expuestos a formas de violencia y discriminación, son más propensos a las enfermedades y tienen que trabajar más que otros para obtener derechos sociales y civiles.

El concepto de violencia estructural debería darnos una medida de hasta qué punto nuestros logros no dependen sólo de nuestros propios esfuerzos. Esto no significa ser permisivos si las condiciones en las que nacemos no son favorables, sino evitar culparnos cuando fallamos en algo. Palabras como resiliencia y perseverancia, con su positividad inherente, pueden resultar perjudiciales si nos impiden aceptar nuestras limitaciones y abrazar estados de ánimo naturales como el cansancio y el desánimo. Además de evaluar las circunstancias en las que nacemos, es correcto tener siempre presente que nuestras acciones son también el resultado de la actividad inconsciente; vivir diciéndonos que debemos ir de cabeza hacia nuestras metas puede chocar con nuestras auténticas necesidades que se nos escapan. De hecho, nuestros objetivos pueden derivar no de un deseo profundamente arraigado, sino de las necesidades heterónomas y de las etapas de igualdad impuestas por la sociedad.

Decirnos a nosotros mismos que “querer es poder” aumenta nuestra manía de control y nos vuelve rígidos y poco preparados para los acontecimientos, a veces traumáticos, que se nos presentan, desde el duelo hasta el fracaso profesional o las consecuencias de una pandemia. A menudo no tenemos en cuenta que la realidad que nos rodea cambia, pone obstáculos en nuestro camino, y que el compromiso y la tenacidad no son suficientes para hacer realidad nuestras ambiciones. Hacer lo mejor posible es importante, pero no significa proceder como mulas y dejarnos apretar por los mecanismos sociales que quieren que seamos inamovibles. Significa aceptar que no podemos controlarlo todo, que a menudo estamos cansados y perdemos la confianza, y que en esos momentos no debemos permitir que nadie -especialmente nosotros mismos- nos culpe o nos rebaje. Nos arriesgamos a caer cada vez más en un abismo que quiere que rindamos, que tengamos éxito, incapaces de reconocer nuestros límites y de aceptar que a veces nos sentimos cansados y desmotivados. Y que esto está bien. Alimentar la retórica de que si no tenemos éxito es porque no lo hemos querido lo suficiente, porque no nos hemos esforzado tanto como deberíamos, nos lleva a desvalorizarnos y a exigirnos demasiado, reduciendo nuestra autoestima y arriesgándonos a sufrir estrés psicológico y agotamiento. El resultado es que también empezamos a exigir demasiado a los demás.

Si nos dejamos llevar por la retórica del éxito a toda costa, acabamos despreciando a quienes, a menudo por situaciones contingentes, no han alcanzado una posición profesional o social de prestigio. Pero esto es perjudicial, porque todos necesitamos la estima de los demás, independientemente de que tengamos éxito o fracasemos. Como demuestran los estudios realizados en 2021 por un grupo de investigadores dirigidos por el experto en liderazgo y dinámicas sociales Cameron Anderson, el reconocimiento social contribuye en gran medida a nuestro bienestar, y no ser estimado puede agravar la depresión y la infelicidad. Por lo tanto, para aumentar el bienestar individual y colectivo, es necesario rebajar el modelo de la persona que alcanza el éxito por pura obstinación y dejar de admirar sólo a los que han alcanzado determinadas metas. Debemos ser siempre conscientes de que, en la mayoría de los casos, nuestros logros no dependen de nosotros, sino de circunstancias predeterminadas que no podemos controlar ni cambiar en modo alguno. Y que si hacemos lo mejor posible y fracasamos, seguimos siendo dignos de nuestra estima y de la de los demás.