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Se suponía que las aplicaciones de citas nos ayudarían a conocer gente nueva. Se han vuelto frustrantes

El día de San Valentín le pregunté a ChatGPT cuál era la mejor frase para presentarse en una aplicación de citas. Aunque reconocía la dificultad del reto planteado, no tardé en recibir el consejo más recurrido hoy en día: “Sé tú mismo”. Yo -que nunca he encontrado que ser yo mismo sea ni una estrategia ganadora ni una tarea tan fácil- opté por la solución más sencilla: un emoticono. La liturgia en la que se han convertido las citas online no me parece que merezca más esfuerzo: hola, ¿cómo estás?, ¿a qué te dedicas?, ¿dónde vives?, y vuelta al principio, otra vez, cada vez, como en esos castigos divinos por los que uno se ve obligado a revivir el mismo tormento una y otra vez, ad infinitum. Desde la década pasada, cuando empezaron a tener éxito aplicaciones como Tinder o Grindr, hasta hace poco, el entusiasmo tomó la forma de la sensación de que un mensaje, un swipe o cualquier pregunta podían convertirse en una posibilidad real, y no quedarse en una mera confrontación digital.

Esto es lo que capitalizan las empresas: la idea de una eventualidad. Hoy, sin embargo, todo parece haberse desinflado: lo que se suponía que era una forma más fácil de conocer a alguien se ha convertido en una modalidad que requiere paciencia, atención, esfuerzo, constancia, como si fuera un trabajo, y que en consecuencia crea cada vez más frustración y agotamiento. De hecho, en la sociedad actual estamos sometidos a dos presiones simultáneas y opuestas: por un lado, crecemos con el mito de la independencia a toda costa, que nos empuja, erróneamente, a considerar la posibilidad de depender de otros y, al mismo tiempo, a permitir que otros dependan de nosotros como algo débil; por otro lado, en una economía favorable a la pareja, estar soltero sigue considerándose un estado transitorio, porque para ser feliz hay que ser dos. E incluso cuando conseguimos superarlos, a menudo sólo volvemos a caer en otros estereotipos poco convincentes.

Para ilustrar la impresión cada vez más extendida de que las citas en línea se han convertido en un elemento más con el que la vida moderna puede hacer que la gente se sienta agobiada, en 2020 la periodista francesa Judith Duportail habló de la “fatiga de las citas”. Enviar constantemente mensajes a distintos desconocidos, dar lo mejor de nosotros mismos, rellenar todos los campos sobre nuestra comida favorita, nuestra película preferida, nuestro ascendiente favorito, esperar una coincidencia o una respuesta sólo para encontrarnos con que nos han fantasmatizado, recibir desnudos no solicitados o conocer a personas que confunden el primer encuentro con una sesión de psicoterapia -al fin y al cabo, una botella de vino cuesta menos, cuando el Estado y las regiones no invierten en salud pública- es desmoralizador. Además, dado que las nuevas formas de trabajo nos obligan cada vez más a utilizar el teléfono como una prolongación de la vida de oficina, con frecuencia mucho más allá del horario laboral, buscar una cita por Internet se parece cada vez más a una tarea en lugar de una actividad divertida.

El 75% de quienes usan apps de citas afirma tener dificultades para configurar su perfil; el 45%, ya en 2020, se quejaba de sentirse frustrado al usarlas; según una encuesta a más de doscientos mil usuarios de Grindr, el 77% también decía arrepentirse a menudo de haber abierto la aplicación, mientras que un estudio de 2016 registraba una menor autoestima y mayores problemas con su imagen en quienes usaban Tinder, debido a la habitual dinámica distorsionada de las redes sociales. Sin demonizarlas, es innegable que las apps de citas alimentan un sentimiento de rechazo, competencia y confrontación constante. Si con un swipe o un tap, de hecho, activan la liberación de dopamina, entonces casi nunca inducen la sensación real de satisfacción y plenitud que debería seguir.

Las aplicaciones de citas, sin embargo, no están desapareciendo; al contrario, están registrando un fuerte aumento de sus ingresos. Match.com, el grupo propietario de varias plataformas como Tinder, Hinge y OkCupid, ha registrado un aumento del 9,4% de usuarios de pago en comparación con el año pasado, que en Bumble ha crecido un 36% en los últimos tres meses. Si estamos dispuestos a pagar por una suscripción incluso cuando no sería necesario, es porque sentimos que ya no podemos satisfacer fácilmente nuestros deseos, con lo que acabamos aplicando estrategias de eficiencia propias de la cultura capitalista en el ámbito en el que más deberíamos resistirnos a ella. Pagar, en efecto, implica sobre todo la posibilidad de aplicar más filtros, dándonos la impresión de perder menos tiempo -sabemos que cada vez tenemos menos, con nuestras agendas más ocupadas que las de un agente inmobiliario- y de tener más posibilidades de conocer a quienes responden a los criterios que estamos convencidos de desear. Más alto, más musculoso, con pelo, sin pelo, más joven, más delgado, rubio, Escorpio… no, mejor que no. Otras veces nos imponemos de entrada lo que creemos que buscamos: relaciones esporádicas, una relación, alguien con quien ir a bailar. Por supuesto, una persona puede no querer comprometerse o sentirse cómoda con el sexo improvisado, pero la mayoría de las veces esta lógica termina haciéndonos creer que podemos determinar completamente lo que será la relación con el Otro, cuando en realidad es mucho más compleja que elegir un sándwich con o sin mayonesa. El trabajo ya no se realiza en la interacción, sino en los procesos de selección y autopresentación, a los que se dedica la mayor parte de la energía. Cuando aplicamos estrategias de mercado a la búsqueda de pareja y fracasan, surge la sensación de que nos han engañado, igual que con los productos que compramos en cualquier otro comercio electrónico y no quedamos satisfechos. No sólo depende de la incapacidad de elegir ante decenas de opciones diferentes, sino también de la diferente carga emocional que supone considerar a las personas como intercambiables o los filtros aplicados como garantía de éxito.

Cada vez más estudios examinan la relación entre la soledad y el uso compulsivo de aplicaciones de citas, demostrando que cuanto más solo se siente uno, más obstinadamente busca el contacto y, como resultado, es probable que se enfrente a resultados más negativos, terminando por sentirse aún más alienado. Hoy en día, cuando experimentamos una crisis de soledad global, es imperativo cuestionar las formas en que nos relacionamos -o no- con los demás. De hecho, además de las causas materiales de la recesión sexual, ligadas a la precariedad del presente, existen también causas psicológicas, entre ellas el desinterés por el Otro, la ideología de la competencia y el afán constante de rendimiento, que están demoliendo no sólo nuestra vida afectiva, sino sobre todo nuestra capacidad de estar juntos. Nos gustaría conocernos más, encontrarnos más y, sobre todo, volver a hacerlo en directo: en los bares, en la biblioteca, en el supermercado. Podríamos, pero ya no sabemos cómo hacerlo o ya no nos sentimos capaces. Hemos perdido la capacidad de enfrentarnos a lo desconocido y de abrirnos a lo inesperado -como puede ocurrir cuando conocemos a alguien en directo sin que sea el resultado de una combinación de filtros digitales- y, sobre todo, se ha desarrollado en los últimos tiempos una especie de “cultura de la cortesía negativa” por la que, atrapados en la ideología de la autosuficiencia y la prisa, nos encontramos haciendo de los vínculos humanos y la cordialidad cualquier cosa menos la norma, acabando por vivir en ciudades habitadas por extraños. Ni siquiera nuestros vecinos, la mayoría de las veces, tienen nombre. Así, entrar en el espacio físico y emocional de un extraño, como saludar a un transeúnte o intentar entablar una conversación, se convierte en un hábito percibido cada vez en más contextos como descortés.

En un mundo en el que el sentido de comunidad parece cada vez más esquivo, pero el de pertenencia se ha mantenido, a fuerza de alimentar nuestras propias conversaciones solipsistas y egocéntricas corremos el peligro de perder la capacidad de interactuar con otros seres humanos. De la posibilidad de tenerlo todo y de inmediato, con los detalles exactos que deseamos, surge la duda de que tal vez sería mejor no “conformarse” con ningún tipo de relación afectiva o sexual que no se ciña a unos estándares de supuesta perfección. En este escenario, si las citas online se parecen cada vez más a un trabajo, o mejor dicho, traen consigo el mismo tipo de agotamiento, insatisfacción y frustración, una solución podría ser enfocarlo de la misma manera: hacerlo menos, abandonarlo, revolucionarlo; aunque sólo sea para entender lo que realmente queremos, sin más filtros.