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¿Tiene Estados Unidos una obligación histórica de aceptar a los migrantes latinoamericanos?

Durante más de un siglo, múltiples corporaciones norteamericanas se beneficiaron de los recursos de Centro y Sudamérica a costa de sus habitantes. Esta explotación ayudó a frenar el desarrollo latinoamericano que culminaría en el éxodo que experimentamos hoy

El desplazamiento humano de Latinoamérica hacia al norte se remonta a tiempos novohispanos, cuando el suroeste de Estado Unidos le pertenecía a la Nueva España, y posteriormente a México. Durante y después de la Revolución Mexicana (1910-1920), la migración a Estados Unidos aumentó considerablemente, pues más ciudadanos huían de la violencia generada por el movimiento sociopolítico. Sin duda el aumento más significativo fue durante el tratado binacional conocido como el Programa Bracero (1942 -1964), que permitía a decenas de miles de mexicanos migrar a Estados Unidos para aumentar el personal en el sector agrícola que había reducido considerablemente a consecuencia de las guerras mundiales. 

La migración mexicana a Estados Unidos continuó durante las décadas siguientes, con aumentos y descensos presentándose esporádicamente. A finales del siglo XX, a este éxodo se le comenzaron a unir migrantes de otros países centroamericanos, principalmente del Triángulo del Norte (Guatemala, Honduras, El Salvador). 

Actualmente, existe una gran variedad de nacionalidades cruzando la frontera México – Estados Unidos. Aunque Latinoamérica aún tiene una fuerte presencia, otras nacionalidades empiezan a tomar más fuerza. Entre ellas se encuentran ciudadanos de la India, Senegal, Chad, y China, incluso cuando este último no retoma a sus ciudadanos una vez que intentan migrar al país norteamericano. 

La migración indocumentada en la frontera sur es uno de los principales temas que divide la opinión pública de la próxima elección presidencial en Estados Unidos. El candidato demócrata, y actual presidente Joe Biden ha mantenido una política de “puertas abiertas”, lo cual ha permitido la entrada de millones de migrantes procedentes de todo el mundo. Por el contrario, el precandidato más fuerte del partido republicano Donald J. Trump, ha usado esta fallida estrategia de su homólogo para subir en las encuestas.

Ambos mandatarios se han enfocado en las posibles soluciones para detener o reducir la migración por la frontera sur. Algunas de sus soluciones han sido cerrar la frontera, forzar a México a recibir más migrantes, y forzar a México a usar sus fuerzas armadas para detener la migración de Centro y Suramérica. Ninguna de estas ha funcionado. La migración indocumentada por la frontera sur de Estados Unidos ha alcanzado máximos históricos con más de 250,000 migrantes cruzando solo durante el mes de enero de 2024. 

De acuerdo con información del Pew Research Center, el tema de la frontera actualmente es un asunto de insatisfacción y preocupación en la sociedad norteamericana. En su mayoría, los estadounidenses desaprueban el hecho de que Estados Unidos deba recibir semejante cantidad de migrantes. Los millones de migrantes que dejan sus países para llegar a Estados Unidos huyen de economías pobres, tasas elevadas de crimen, y desastres naturales. Sin embargo, el origen de estas bajas economías centroamericanas y caribeñas, así como de los altos niveles de violencia en la región, llevan una fuerte carga histórica atribuible a Estados Unidos. 

Desde mediados del siglo XIX, más de un conglomerado estadounidense se presentó alrededor del Mar Caribe para extraer recursos que eran precarios en territorio norteamericano. El ícono de este “neo-colonialismo”, como lo nombró Karl Marx, fue la United Fruit Company, una compañía con sede en Nueva Orleans, dedicada a la producción, transporte y distribución del fruto del banano desde Centroamérica hasta Estados Unidos. Con la justificación de traer “civilización” a la región, la compañía bananera se expandió por todo Centroamérica y el Caribe al punto de controlar a sus gobernantes. Como dice Peter Chapman en su libro “Bananas: How the United Fruit Company Shaped the World”, ha habido más cambios de régimen por culpa de los plátanos, de los que ha habido por culpa del petróleo. 

Empezando en la Colombia de 1928, cuando los empleados de la bananera decidieron protestar por los míseros salarios, falta de instalaciones higiénicas, largas jornadas laborales, entre otras razones. La influyente United Fruit  presionó al gobierno norteamericano para salvaguardar sus intereses en Colombia. Como resultado, más de 3,000 empleados fueron asesinados a manos de la compañía, un episodio que dejaría una cicatriz en la sociedad colombiana y que dio pie a los movimientos de guerrillas que aún sumergen a Colombia en la violencia y crimen. 

En la Guatemala de 1954, el país centroamericano experimentaba un período democrático relativamente saludable. Hacía 3 años que Jacobo Arbenz había llegado al poder bajo la vía democrática, sin embargo, su discurso se concentraba en reformas agrarias que ayudarán a la población guatemalteca a tener acceso a tierras cultivables. En ese año, el 75% de los guatemaltecos eran dueños de menos del 10% de las tierras, mientras que la United Fruit poseía más del 50%, y apenas sembraba el 3%.

En medio de una Guerra Fría que amenazaba a la esfera de influencia norteamericana en la región, la Central Intelligence Agency (CIA) intervino en el gobierno guatemalteco para derrocar a Jacobo Arbenz e instaurar, en su lugar, a un mandatario que siguiera los intereses bananeros de la región. A raíz de este coup d’état, los primeros grupos guerrilleros guatemaltecos nacieron, sumiendo al país en una guerra civil que duraría 36 años, y que tendría un saldo de 250,000 muertes y 50,000 desaparecidos. Un Ernesto Guevara se encontraba en Guatemala durante el golpe de estado de 1954, cuando concluyó que el único camino para cambiar a Latinoamérica era la lucha armada.

El Salvador en la década de 1980 es otro ejemplo de cómo Estados Unidos ayudó a crear el hervidero social del cual huyen hoy los latinoamericanos. La Guerra Civil salvadoreña, oficialmente de 1979 a 1992, es considerada un resultado de la Guerra Fría entre Estados Unidos y la Unión Soviética. El gobierno en turno estaba afiliado a los ideales de Estados Unidos, mientras que los grupos de autodefensa conservaban nexos con la Unión Soviética. Este conflicto dio pie al éxodo salvadoreño que se ha instalado principalmente en Estados Unidos. Muchos de estos migrantes asimilaron la cultura “pandillera” tan común en algunas ciudades de Estados Unidos (e.g. Los Angeles, Miami, etc.), y exportaron esa cultura a El Salvador cuando fueron deportados, transformando a las pandillas norteamericanas en grupos de crimen organizado transnacionales.

Durante más de un siglo, múltiples corporaciones norteamericanas se beneficiaron de los recursos de Centro y Sudamérica a costa de sus habitantes. Esta explotación ayudó a frenar el desarrollo latinoamericano que culminaría en el éxodo que experimentamos hoy. El país norteamericano está enfrentando las consecuencias de décadas de explotación y neo-colonialismo en la región. Con la justificación de traer “civilización” a una región que lo necesitaba, o de impedir el nacimiento de una nación comunista en la región, Estados Unidos movía las piezas de un tablero de ajedrez al que llamaba su patio trasero. Como mencionó el coronel Aureliano Buendía en la obra Cien Años de Soledad del premio Nobel Gabriel García Márquez, “miren la vaina que nos hemos buscado, no más por invitar a un gringo a comer guineo”.