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En defensa de Peso Pluma: dando voz a las juventudes que reflejan la realidad del narco

Lo que molesta de los corridos es escuchar a gente empobrecida hablar de que salió de la pobreza. Son hijos de la militarización, de la guerra y del fracaso del Estado para garantizar seguridad

La visita de Peso Pluma al festival Viña del Mar no era una noticia tan polémica. La visita de Peso Pluma a Viña del Mar era algo sencillo: un cantante exitoso más, presentándose en un festival musical y ya está.

No era motivo de polémica hasta que una “buena conciencia” lo problematizó. El sociólogo chileno Alberto Mayol puso el dedo en la llaga cuando afirmó en una columna de opinión que el primero de marzo, día propuesto para presentación de Peso Pluma en Viña del Mar, escucharíamos la voz de narco en un canal del Estado.

La columna se llama Peso Pluma en Viña: a veces hay que escuchar la voz del narco. ¿Hay que escuchar al narco? La frase, de entrada, es problemática.

Una cosa es escuchar una expresión cultural de jóvenes que crecieron en la guerra contra el narco y otra escuchar a los lideres de las organizaciones criminales. La pregunta merece ser replanteada: ¿hay que escuchar a las juventudes que le cantan al narco? Y la respuesta es que sí.

Primero: el contexto es importante. ¿Quién es Peso Pluma? se llama Hassan Emilio Kabande Laijaun es originario de Zapopan jalisco, de familia de clase media alta y piel blanca. Es delgado y tiene carisma. Aunque es más conocido como intérprete de corridos tumbados, también tiene grandes éxitos de reguetón y trap. Su fama internacional comenzó en 2022.

Pero, si desean entender a profundidad el fenómeno musical, les recomiendo leer la columna de opinión: Peso Pluma: el hijo de la guerra contra el narco que destronó a Bad Bunny, de Óscar Balderas.

Algunas frases que destacan: “El nuevo ídolo punk escandaliza a las buenas conciencias, reta al establishment, se planta contra el gobierno y tumba la imagen hipermasculinizada de los cantantes de música regional. Las letras de la nueva estrella musical de estatura mundial reflejan el país en el que creció: tiene 23 años, es decir, entró a la primaria al mismo tiempo que en México estalló la militarización de la seguridad pública. Cuando tenía 10 años, y componía sus primeros versos, Joaquín Guzmán Loera llegaba al escaño 701 en la lista de millonarios de la revista Forbes. Y cumplió 16 cuando todos los noticieros anunciaban que El Chapo se había fugado por segunda ocasión de una prisión de máxima seguridad y observó cómo miles de sinaloenses festejaban su escape por un túnel. Un hijo de la guerra contra el narco”.

Peso Pluma, como millones de jóvenes en México, no conoció otra realidad, es hijo de la militarización, de la guerra contra el narco y del fracaso del Estado para garantizar seguridad pública. Todos los productos culturales influenciados por su época y por su contexto.

Todas las guerras y problemáticas sociales generan productos artísticos ¿por qué la guerra contra el narco debería ser la excepción?

El debate de si la música influye o no en las juventudes no es nuevo, desde que las juventudes y sobre todo las juventudes marginadas han cantado sus experiencias, las buenas conciencias se han escandalizado. En el prólogo del libro Corridos Tumbados José Manuel Valenzuela Arce señala que, en cuestión de los productos culturales, el orden sí importa: primero existió la guerra contra el narco, primero existió la militarización, primero existen las condiciones estructurales y estructuradas que permiten que miles de jóvenes vean como una opción viable el “narco trabajo” y luego, los narcocorridos.

Lo que tenemos que pensar y problematizar no es cómo influye el corrido en las personas, si no cómo la realidad es la inspiración para los corridos, pero sobre todo cómo cambiamos las condiciones materiales para que no exista inspiración para los corridos bélicos.

Después de entender quién es Peso Pluma y las razones de la polémica es importante tener un panorama general del corrido como producto cultural. Los corridos son un tema polémico y estigmatizado, sin embargo, no son algo nuevo, son herederos de toda la tradición lirica que narra las hazañas de un pueblo, héroe o antihéroe. Hay corridos que contaban la historia de personajes de la revolución mexicana y corridos zapatistas, incluso el himno nacional mexicano podría ser un corrido bélico: “mexicanos al grito de guerra, un solado en cada hijo te dio”.

Corridos, el punk latinoamericano

El corrido como un género musical, es sobre todo rural, marginado y periférico que canta las vivencias de las personas que menos tienen: migrantes y campesinos, pero también una suerte de punk latinoamericano porque versa contra las injusticias sociales, contra el orden social y contra el Gobierno. Pero, los corridos que más polémica generan son los que le cantan al hampa.

En su libro Cantar a los narcos: Voces y versos del narcotráfico, Juan Carlos Ramírez Pimentel rastrea su origen y lo sitúa en un contexto. Aunque el primer registro que se tiene de un corrido dedicado a un traficante es uno sobre Mariano Reséndez a finales del siglo XIX, la tradición es larga y la diversidad también y para tener un panorama general de la historia del corrido, recomiendo revisar la obra de Ramírez Pimentel.

El contexto importa. Las personas no nos despertamos un día y decimos: Hoy me quiero identificar con los “maleantes” y quiero exaltar sus “hazañas”. No.

Nos identificamos porque el Estado nos ha fallado, por poner un ejemplo. Hablaré de mi experiencia con la policía: No me gusta la policía. Y cuando escucho a Simpson Ahuevo decir: “En cualquier lugar del mundo controlan la calle, son la pandilla más grande, no tienen rivales, llevan puesto el uniforme, se creen intocables, no buscan al que la hizo; sino al que la pague”. Me hace sentido. No nací odiando a la policía, pero fui víctima de un montón de abuso policial, entonces las palabras de Simpson me interpelan.

A las personas las interpelan los corridos por muchas razones. Las dos principales son porque son canciones que, si se les quita el “detalle” de las actividades “ilícitas”, son de superación personal.

Hablan de echarle ganas a la vida, de salir adelante, de salir del umbral de la pobreza. Quizás si uno es de clase media, alta o simplemente jamás te has dormido con angustia económica, no hagan sentido los corridos. Y la otra es, como planea Pimentel, son cantos contra el Estado, la injusticia social y la complicidad del Estado en la violencia necro y narcopolítica.

Los corridos denuncian los pactos del Gobierno con el narco. Los corridos, también visibilizan la corrupción y el entramado de complicidad del Estado con las organizaciones multicrimen.

¿Qué tengo que ver con Pedro Avilés y por qué, aunque era un “delincuente”, me molesta que lo traicionaran? Nada. Pero, el contexto importa: en primer lugar el corrido habla de cómo los agentes del Gobierno se benefician económicamente de la prohibición de las sustancias psicoactivas, el corrido visibiliza cómo la prohibición es una política de simulación. También habla de una ejecución extrajudicial y una violación al debido proceso.

Los corridos muchas veces hablan también de la lealtad, el amor, la valentía y el heroísmo, estos son valores herederos de los cantares de las gestas.

No obstante, las epopeyas, los cantares y toda la tradición literaria de habla de la guerra y la lucha contra la adversidad, es considerada un canon literario, pero los corridos bélicos que también hablan de la guerra, la lealtad, el amor y la valentía son estigmatizados. De hecho, si quiera analizar un corrido desde la estructura del viaje del héroe, es problemático para muchas personas. Cuando, por ejemplo, la canción Scarface Renacido, tiene la estructura del viaje del héroe. Entonces me pregunto ¿qué importa cuando analizamos y problematizamos un producto cultural? ¿de qué habla o quién lo dice?

Es importante resaltar dos cosas: que la mayoría de las veces que se ha asociado a la música con comportamientos delictivos, inapropiados o que rompen con los pactos sociales, ha sido música que tiene una postura rebelde o contracultural, como el rock en general. O bien, cuando pertenece a grupos marginados que se apropian de sus realidades, por ejemplo, el rap, el trap y los corridos.

En el caso especifico del rap, el trap y los corridos los cuestionamientos vienen de verdad de un lugar de genuina preocupación por la construcción de un mundo más habitable o por los prejuicios, el racismo y clasismo. Esto porque toda la vida hemos escuchado a señores cantar de relaciones abusivas, de romantizar violaciones y vi poca gente enojada y buscando problematizar o censurar. Pero, si una persona racializada habla de que odia a la policía porque la policía es racista o si un corridista canta de que por medio de actividades ilícitas salió de la pobreza, entonces sí hay problema.

Lo que nos molesta, no es la apología a los delitos o comportamientos antiéticos, sino quién los canta y quién ejecuta esos actos. Si un blanco canta de violar, o asaltar una pandilla entonces puede que sea arte. Pero, si un empobrecido y racializado canta de cobrar por matar, entonces es una apología al delito.

Pareciera que no nos molestan las apologías al delito, sino que se hagan apologías a los delitos que comenten mayormente, por razones estructurales, las personas empobrecidas. Decía bell hooks que nada más peligroso para el estatus quo que las personas marginizadas hablando de sus experiencias, desde sus términos.

El Estado y la narco máquina

Pero, ahora hablemos de la ruptura del pacto social. Mayol, como muchos otros, se escandaliza porque el Estado le da voz al narco. No hay derechos humanos más importantes que otros y pensar que garantizar un derecho como el acceso a la cultura, la libertad de expresión y la diversidad cultural vulnera el derecho a la paz y la sociedad, es un argumento fascista.

Los corridos bélicos son parte de la diversidad cultura y el Estado tiene la obligación de garantizar la diversidad cultura, no de cuidar vigilar y censurar. Argumentar que es una contradicción que el Estado lucre contra el narcotráfico, pero al mismo tiempo permita la presentación de Peso Pluma es como cuando la derecha dice que garantizar derechos a los migrantes, les quita derechos a los ciudadanos con nacionalidad. Pero, además es un pensamiento falaz, el Estado puede al mismo tiempo permitir las expresiones culturales y luchar contra el Narco, no son opuestas, ni contradictorias.

Lo que va en contra del pacto social es por ejemplo prohibir los narcocorridos como una estrategia de simulación: por un lado, los prohíben y por el otro alientan el narcoestado pactando y beneficiándose de la prohibición. Preocuparse por que el Estado “le da voz al narco”, pero no preocuparse por cómo el Estado forma parte del narco máquina, es la falacia de hacer un escandalo por pendejadas, como la presentación de un morrito en un festival cultural y hacerse de la vista gorda con las problemáticas reales.

En México, tan solo en el mes de enero, madres buscadoras de sus hijos e hijas desaparecidos pidieron una tregua a grupos de la delincuencia organizada para que las dejen buscar; mujeres wixaritari le pidieron al Mencho que ayudé a controlar la violencia contra su comunidad y un padre de familia de la comunidad chejel pide entre lágrimas a los hombres de su comunidad regresar a defender sus tierras.

En México y Latinoamérica el pacto social no se rompe cuando el Estado protege la libertad de expresión y los derechos culturales permitiendo que expresiones culturales tengan un espacio, aunque nos parezcan éticamente cuestionables.

El pacto social se rompe cuando el Estado genera las condiciones para que las, los y los jóvenes sean asesinados. Ser hombre, joven y empobrecido en México es un Estado de emergencia, a las buenas conciencias les preocupa cómo influyen los corridos en las juventudes, pero incluso se benefician de las estructuras que producen fenómenos como el juvenicidio.

El juvenicidio es un termino desarrollado por José Manuel Valenzuela Arce sobre la muerte de hombres jóvenes, precarizados, racializados, victimas de mil violencias como el racismo, el clasismo, la precarización económica, el machismo y el desplazamiento forzado, que culmina en muertes violentas. El pacto social se rompe cuando el Estado genera las condiciones para que la principal causa de muerte en jóvenes sea el asesinato a mano armada, y no cuando permiten que las juventudes tengan acceso a la música que les interpela.

Dice Juan Carlos Ramírez Pimienta que no hay que escatimar la capacidad de las juventudes de resignificar los corridos. Los corridos son un canto de guerra para miles de jóvenes que crecieron en un México militarizado, en guerra y sin oportunidades reales de desarrollo. Los corridos hablan del anheló de los jóvenes de callar bocas, de pasarla bien, de vivir su juventud y de salir del umbral de la pobreza.

Las personas no usamos frases de corridos para hablar de nuestro anhelo de delinquir, las resignificamos para presumir nuestros logros y manifestar nuestros anhelos. No creo en la meritocracia cuando un señor blanco que estudió un doctorado con el fideicomiso de sus madres me dice que viene desde abajo, pero sí creo en la meritocracia cuando un joven que es el primero de su familia en terminar la primaria ahora trae un rubicon. Ese joven se merece su corrido.

Los corridos bélicos hablan de guerra, le cantan a los perpetradores de violencia, al lujo, a las drogas y las armas, pero también le cantan a la esperanza, al honor, a la lealtad, al amor y a lucha contra la adversidad. Son un reflejo de la realidad mexicana, complejos. Pero, son sobre todo un grito de guerra para todas las personas que queremos salir adelante, que estamos sobreviviendo con lo que podemos al horror cotidiano.

Dice Itziar Ziga que un mundo lleno de desesperanza necesita versos. En un contexto de guerra, de precarización, de riesgo vital, cantar al son del Chino Pacas: “Dijeron que no lo iba lograr y ahora todos están callados”, es también un grito de esperanza.